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Sin malos modos, señor tenista

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 TAGS:El tenis no es un deporte de contacto y quizá así queden paliadas muchas emociones viscerales asociadas al fútbol o al baloncesto. Como deporte individual, se aproxima a la soledad atlética o ciclista, al intimismo y a la pasión interior. En nítida exposición a la derrota y el triunfo, el tenista crece como deportista y persona.

Desde sus inicios británicos y elitistas, el tenis aparece como un deporte con talante conservador, respetuoso y muy formal. Tanto los jugadores como los aficionados aceptan el peso de la historia, la tradición y las buenas formas, aunque el ardor competitivo afecta a todos los deportistas. También a los tenistas, sufridores en silencio, ocasionales reprimidos verbales y muchas veces gestuales.

El buen comportamiento de un deportista es obligado como ejemplo a seguir y también como proclama de deportividad, un principio universal tan a menudo pisoteado por intereses superiores. Hay tenistas que no esconden su estado de ánimo y normalmente estas exhibiciones no anteceden éxitos.

Tras una tempestad de sensaciones internas, la calma tarda en llegar. Romper una raqueta, insultar o provocar a un contrario, lanzar una pelota a la grada o agredir a alguien pueden ocasionar una pérdida de puntos, juegos e incluso un partido.

La mayoría de los jugadores ‘rabiosos’ apuestan por golpear su raqueta contra el suelo, llegando incluso a romper su estructura, como descarga física. El propio Djokovic, número uno del mundo, lo ha hecho recientemente en Roland Garros y fue penalizado con un ‘warning’ o aviso. Otro más hubiese supuesto la pérdida de un punto.

Afortunadamente, cuesta encontrar casos más censurables, en los que la reacción de un tenista haya afectado a su oponente, al árbitro o a un aficionado. En el circuito aún están frescos los malos modos del austríaco Daniel Koellerer, suspendido en 2011 de por vida por amañar partidos en los que participaba y denunciado habitualmente por sus rivales en el circuito por insultos y provocaciones de todo tipo.

El respetado torneo de Queen’s, antesala de Wimbledon, ha entrado en la historia contemporánea de los malos modos por causa ajena, cuando el argentino David Nalbandián pateó la base de una silla donde descansaba un juez de línea.

La sorprendidísima víctima mostraba una herida a la altura de la tibia, mientras la organización del torneo comunicaba al argentino su descalificación. Era la final, que Nalbandián dominaba por un set a cero ante Cilic. Pero fue una reacción de ardor desmedido e impropio.

A pesar de disculparse públicamente, el tenista suramericano ha copado diarios e informativos de todo el mundo. En el circuito profesional, estas actitudes son absolutamente reprochables e inhabituales.

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